La secuela se pasea en carne viva.
La cicatriz coexiste con la herida.
Hay una gran grieta en esta lámina mental,
filtrando
pilas de pesadillas.
Afuera,
la llovizna neblinosa, sólo flota,
no se disipa.
Este mundo son menos de dos pasos de distancia.
Abajo,
las hojas muertas entre las baldosas,
no se quejan,
quizás se las llevaron todas.
Siento que la atmósfera me pesa como nunca,
marchitándome,
me pudre por instantes,
en demasía.
Estoy en medio
del derrumbe climático
que me tiñe la cara con desesperanza y pesadumbre.
Las nubes me están invadiendo,
como en efecto cascada,
introduciéndose en mí al igual que finas fichas,
acumulándose,
como un germen en un ambiente propicio.
Pretenden el control completo y yo,
ya tan lleno de conflictos,
No intento resistirme.
Sospecho que ya estaban dentro,
desde antes de este momento,
comandando en la clandestinidad, impunes.
Podría ignorar los destrozos que han hecho,
pero hay determinados movimientos
que ponen en evidencia
tanto ajeno en lo propio.
Todavía puedo distinguir qué soy y que no,
ése es un hallazgo, de las pocas salvedades que tengo.
Pero aunque no puedo superar ciertas distancias,
sigo pudiendo ir muy lejos,
aunque no lo suficiente
para huir
del estancamiento,
del elemento cansino,
y romper el cepo
que me mantiene así.
No puedo intentarlo.
No puedo ni pensarlo.
Y cuando
se pierda de vista
toda esta neblina,
será porque
ya la habré asimilado y transformado
en algo digno,
digno de un temporal,
si es que lo resisto,
si es que no me lleva en el intento.
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