En este territorio hostil,
no me hallo,
nunca me hallé,
ni voy a hallarme.
Los años me enseñaron
que es de suicida
izar la bandera blanca
en el tiempo de las armas.
Aprieto más mis manos.
Me niego,
me rebelo
ante los soldados.
No intento camuflarme
con los tonos del paisaje,
no voy a traicionarme.
Pero no sé por cuánto
voy a poder
soportar los golpes
sin que se me agote
la sangre. Puedo
cauterizar mis nervios
si hace falta,
para aplacar el dolor.
Si es que
el alma me aguanta.
Pero puedo también
desaparecer, sí,
soy consciente de eso.
Puedo entrar
en la lista de los caídos
en combate,
pero no sin antes
jurarme algo:
que no voy a soltar
nunca, jamás,
este trapo blanquecino,
el que defendí,
defiendo ¡y defenderé
con mi vida,
toda la vida,
hasta el cansancio!