Dicen que las serpientes
pintaban bellísimos cuadros…
También oí que
su obra era capaz de conmover
a la mismísima muerte.
Hasta que una vez
la intrepidez las llevó
a querer emocionar a la apatía.
Acto seguido, esta las desmembró,
como castigo a semejante descaro,
quitándole, una a una, sus extremidades,
y borró de entre la gente
las memorias de lo que alguna vez fue
un arte sorprendente.
Yo no supe nada de esto
hasta recibir una sorpresiva mordedura:
«unos colmillos» como estos
que acá intento traducir en escrituras.
¡Suenan cascabeles, se deslizan,
atacan, cambian de pieles!
Me empapo en el jugo
dulce de la serpiente,
que hoy cobra valor,
más que nunca.
¡Sentí el efecto del veneno,
de la bravura y la osadía!
¡Serpientes mías,
muerdan, valientes!