27.2.13

LA FLOR VIVIENTE

La percepción misma, la realidad inexorable,
socavas,
bajo la tierra, sobre este suelo, justo ahí donde
sonabas,
tan dulce y suave, aunque siempre, siempre
enajenada.

Y se hace de madrugada, pero no sentís
frío;
te dejás ver, vestida de rosal, de tulipa o
de lirio:
¡La flor viviente!, enérgica, va comenzando
un nuevo giro.

Y te miro, pálida penumbra, bajaste del cielo,
y centellaste,
como el astro en el auge máximo alcanzable:
La tarde.
Llevás con vos esa jaula, la que un día dejaste:
–te liberaste –.

Divino contraste. Tanta complejidad, tanta
simpleza,
¿será la fuente misteriosa de tu inmenso caudal
tu naturaleza?
Tanta potencia, te vuelve inmaterial, sustancia.
Y se acrecienta.

Fuego, aire, cielo o tierra; sonido y silencio,
todo de color,
propagándose más allá de sí y de tu propia voz,
ocupándolo todo alrededor.
Y te acelera, como la música, y te hace cuerda:
Te vuelve canción.


A Florence Welch.