Me asedian, me acechan,
fingen que no están, pero si están,
y me observan, como cuervos ansiosos
que esperan excavar las cuencas de mis ojos
y rozarme los dedos con sus inmensas alas negras.
Son ellas
y su tenacidad,
y van,
carcomiéndome la carne de adentro hacia afuera,
porque habitan mi cabeza desde mucho tiempo atrás,
y van, revolviéndome la sangre cuando nada las libera
de esta jaula calavera donde saben anidar, a su manera,
porque detestan la calma y me consta que es verdad.
Y le dan con fuerza, como la piedra a un cristal,
con la delicadeza que le es propia al huracán,
y le dan, todavía más, no saben parar,
me pican, me taladran con fiereza
hasta poderme traspasar,
para estar entre nosotros
y así podernos alterar.
¡Somos la presa
de cada una
de mis
[ideas
[!
[!