Hay un claro de agudeza en su mirar, impredecible,
que desciende y puebla el ambiente, la sala interior,
de flores frescas y espejismos, que reflejan
sobre el mármol impoluto, donde los pies no tocan.
La pasión de la rosa, definitiva, compleja, furiosa,
con su habitual sensibilidad, tan frágil, efímera,
se sostiene inalterable en el puente danzante. Fugaz,
melancólica, ondeante, colmada de saltos y virtudes.
Cada postura se vuelve poética, rozando lo intangible.
El arco avanza, oscila más y más, alcanzando abismos y valles,
mientras el cuerpo se cubre lentamente del polvo sonoro,
positivo y negativo, natural y perfecto.
A Jacqueline Du Pré.