Lamento todas esas cosas que estuvieron fuera de mi alcance.
Por otro lado, me hubiese gustado saludarte,
pero sé que te estaba cuidando.
Gracias por enseñarme y afirmarme el concepto,
de unión, de familia, de lazo.
De seguir existiendo,
te querría en todos los cumpleaños...
Ya nos están debiendo eso,
las reuniones futuras, las de este último año,
y las charlas de pedidos de cuidados mutuos.
Espero hacerte caso.
Gracias por los consejos inoxidables,
por los abrazos, por los momentos.
A la abuela Irma,
hasta el ‘siempre’.
Voy a brindar esta noche en tu nombre con una copa de vino tinto,
porque sé que ese era el secreto para la longevidad.
Gracias por tantos años compartidos.