Existen miles de historias
de árboles sagrados:
se mantienen en resguardo
en las múltiples memorias.
El abedul
de Belenus y Frigga,
el Gaokerena persa,
la higuera donde
brilló el primer Buda,
la acacia de Saosis
y sus flores amarillas,
el Yggdrasil
(mito nórdico
y símbolo cristiano),
entre tantos otros.
La ciencia lo ilustra
en su teorema,
con el esquema
ramificado
de Charles Darwin.
Pero el árbol de Teneré
fue un verdadero milagro:
“Un verde faro
en medio del desierto”.
El árbol finalmente cae
y muere,
como todos los árboles,
pero no así
el fruto de sus semillas,
las que me enseñan
que ahí hubo algo.
Y me reafirman
que no hay nada muerto
en esta vida.
Por eso el árbol
es el origen de las maravillas.