31.3.16

MIRAL

Una impresionante coreografía
me invita a moverme en espiral.

No supe su nombre siquiera,
simplemente respondí al saludo,
apenas. Sus ojos gigantes, me vieron,
me transportaron,
¡de Júpiter a Marte, en un salto!

Sus ojos oscuros
no me dijeron,
no me contaron
¡del poder de lo inmediato!

1, 2, 3, ¡fotografía!
Ella capturó mi atención
y me encerró en su celular.

Si sus zapatos de charol
la quisieran acercar,
yo acá mismo voy a estar
escribiendo todo en el cristal,
¡bailoteando el día entero
esta canción desconocida!


Y un día vino a saludarme…
Escribí eso a los dos días de haber recibido la visita sorpresa de una chica hermosa, durante una jornada laboral en la casa de música de Onsari, en el centro de Wilde.
Estoy escribiendo esto un tiempo mucho más tarde. Y sigo recordando todo perfectamente: entraron al local dos personas. Ella acompañaba a un señor que realizaba una campaña política y formaba parte del municipio de Avellaneda. Yo estaba junto a mi jefe, y fue espectacular que mientras mi jefe y el señor charlaban, ella y yo nos mirábamos medio con disimulo. Ella sonreía con sutileza también cuando se daba cuenta. Ella nos sacó una foto a los tres, y sé que miré más a la fotógrafa que a la propia cámara. Después se fueron. Después de un par de días seguía con su mirada fijada en mi visión, se aparecía en todo lo que veía. Pero no sabía ni su nombre, menos el teléfono. Si la veía la reconocería en cualquier parte, pero no tenía ninguna certeza de que nos fuésemos a cruzar de nuevo. Escribí este poema pero no saldó esa sensación, ese impulso de querer encontrarla para conocerla, que lea lo que le escribí y que sepa lo que me estaba pasando. En un acto de loco, busqué en la página de la municipalidad pero no iba a encontrar nada de ella ahí. Pero tuve la idea absurda de escribirle al político. Lo encontré. Escribí un mensaje, se lo mandé... y nada. En algún momento clavó el visto y supuse que mi acto de osadía se había encontrado con el último muro. Poco tiempo después de eso, haciendo vaya a saber uno qué, me llega un mensaje nuevo. ¡El de ella! ¡Apareció! No lo podía creer. Lo primero que me dijo (sin releer el mensaje) fue una especie de pregunta, diciéndome cómo me atreví a hacer algo así. (Ese momento me causó un poco de ansiedad porque no sabía cómo se lo había tomado). Seguí leyendo y me dijo que estaba sorprendida por haber hecho ese movimiento para encontrarla. Me dijo que ella también me había mirado, y esa confirmación era para mí un impulso impresionante. Me dijo también que ella ya no estaba en Avellaneda, que vivía un poco más lejos.
Ese fue el pie para que darnos a conocer, mantuvimos charlas muchas veces a la distancia y por bastante tiempo.
Hubo un momento, cuando me enteré que ella estaba por tener textos publicados, me confesó que se había sentido inspirada un poco en mí, viendo que también estaba dando esos pasos, y eso fue fantástico. Nos fuimos retroalimentando e impulsando desde los primeros momentos que compartimos. Fue maravilloso todo lo que la rodeó a ella. Siempre lo fue y será, no tengo dudas de eso.
Para esos momentos, todavía no era capaz de saber todo lo que iba a hacerme sentir, ese amor que surgió y creció entre l@s dos, las creaciones que me inspiró, los momentos bellos que tuvimos, y las cosas que aprendí a partir de ahí.

A María Micaela Pérez (Miral).