Venía trotando y quise doblar rápido, pero de repente
ví que iba a chocarme conmigo mismo, así que tuve que detenerme.
Fue ahí cuando me di cuenta que me había visto en un vidrio
que me reflejaba muy nítido,
casi como un espejo.
Esta secuencia durante un breve break laboral
me hizo reflexionar
acerca de la capacidad mental
de vivenciar una experiencia que no es tal:
Yo no iba a chocarme con nadie,
menos conmigo mismo,
nadie se atravesó,
nada, de hecho,
nada, incluso, se movió a mí alrededor.
Simplemente fui yo,
en mi atropello.
Pero el proceso bioquímico del cerebro fue real
el pequeño instante de ansiedad y miedo fueron un hecho.
Por un momento creí que eso mismo estaba sucediendo.
Y eso fue suficiente para clavar los frenos en el aire
y parar.
Cuando me miré a la cara me reí, naturalmente.
Ambos nos reímos,
yo sin verme, pero sabiendo que él me estaba viendo riéndome,
y esa risa provocando una mueca en mi otra cara.
La moraleja de este encuentro es,
hay algo que me estoy diciendo a mí mismo, y es
que nada es lo que es,
sino lo que a nos nos parece.