se encubren
en el tumulto,
en el barullo del mundo,
en el ruido.
Hubo percusión este febrero:
Ayer de tarde, el mazo con el cuero,
viento metal, platillo y redoblante.
Lo vi, pero no oí,
(es que andaba de paseo con los auriculares puestos).
Fuertes golpes secos.
Hoy me desperté un poco confundido.
Los martillazos provenían de la casa del vecino.
¡Diablos!
Insultos matinales.
No pude ni enojarme por eso.
Los machaques no fueron más que ruido blanco,
pasando desapercibidos al entrar en mi cerebro.
Nunca noté cuándo cesaron, ni cuándo aparecieron,
es que tengo en mis oídos un puñado de grillos al que llevo a todos lados,
desde hace siglos.
Ya no oigo ni mis gritos, me los imagino.
Alguna vez hice un trato con un bufón extraño,
que me había ofrecido un silencio controlado.
Como era de esperarse, lo acepté de inmediato.
Una de las partes no pagaría lo acordado.
Me pregunto,
cuántas entidades habrán ofrecido hasta la carne
y no obtuvieron lo que buscaron, a cambio.
No es sorpresa para nadie que nos hayamos convertido en maestres del engaño,
utilizando a cada paso todo aquello que nos enseñaron,
trátese de quien se trate,
sea quien sea a quien tengamos adelante.
Falseamos
los detalles de cada contrato
a nuestro antojo,
con tal
de volver a escuchar
el susurro
de este mundo,
libre de grillos,
del martirio
de los bombos y platillos,
de martillos,
y el silencio.
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