Se habla de seres que se destacan en la práctica,
en la disciplina milenaria de provocar avalanchas
con el poder de las/sus mentes.
Se dice que, quienes poseen tales habilidades,
son capaces de alimentar, preparar e inaugurar,
las más voraces catástrofes naturales, hasta causarlas.
Se dice también que se comprometen tanto,
que se compenetran pero tanto en sus misiones,
casi hasta el punto de no soñar por las noches,
que son personas, en apariencia,
similares, físicamente hablando,
y que pueden camuflarse a simple vista.
Se sabe que poseen emociones, por lo advertido
en sus conductas, en diversas situaciones.
Pero las aplacan, las ocultan ante la mayoría.
Una vez me encontré con uno, frente a un risco:
le reconocí por su mirada perdida.
Tomó una bocanada de aire, y luego hizo su trabajo.
Llevaba un extravagante equipo como abrigo,
con calzado y guantes blancos,
que se fundían con la nieve.
El rugido del viento no permitía oír nada de nada.
Avancé lo suficiente, muy despacio,
hasta que di con sus plegarias…
Al abreviar toda esa distancia, también pude notar
que en realidad no había ropaje en sus extremidades,
sus pies y sus manos convergían en la intemperie,
pero no parecía dolerle semejante suplicio.
Comprendí que no habría sido inventado un frío
que pudiese apartar sus pies de aquel camino.
Fue en ese entonces cuando notó mi presencia,
y, lejos de abatirme con sus técnicas,
con un ademán de brazo, me invitó a acercarme,
terminando así con mis temores infundados.
Sucumbieron mis prejuicios ante la evidencia.
“Las heladas son parte del ciclo”, me dijo.
“Para desmitificar, desarticular y derrumbar los témpanos,
la clave será incendiarse con/como estas oraciones,
los glaciares serán volcanes donde sea que te encuentres”.
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