8.5.20

PIGMALIONES

O
Cinceles y martillos siguen órdenes de arriba,
son quienes decretan la profundidad de la hendidura,
la textura, el peso, el sentido de la obra,
y no quienes los poseen, o los usan.
La efigie está ahí, y es consciente,
elige a su creador y lo consiente.

I
¿Cuántos escultores han trabajado
a lo largo de los años en lo que para otros
no es más que dureza?
Donde el mundo ve un bloque,
el artesano ve la oportunidad de alivianar la tierra.

II
La alineación entre
su ojo y su codo
le permitieron grandes proezas.
Un personaje respetado por sus muestras.
Pero el artista, aún así, renegaba
de nunca haber ni vislumbrado
la posibilidad de alcanzar una singularidad.
Sumido en la desidia del retiro,
sucumbiendo ante su propio olvido,
finalmente hubo comprendido
que en sus manos subyacían
los naceres de aventuras,
todas las fases de la luna,
y los más cálidos ponientes.
La figura en sí:
la inestructura.

III
Dedicó su vida entera a la escultura:
estudió la historia,
aprendió de grandes maestres
a aclararse en las auroras,
a dilucidarse hasta sanarse
el espíritu, la mente y la carne.
Se empeñó hábilmente
en cada detalle,
hasta rebasar lo insuperable.
Y por primera vez
estaba frente a sí ¡la obra!
La admiró… horas y horas,
hasta dormirse y también soñarla.
Pero la belleza de aquel descubrimiento
era un punto fijo en la vastedad del universo,
y reflexionó sobre aquel conflicto.
Se dio cuenta que su status de humano
no le permitiría llevarle a la figura
a su siguiente plano.
Exploró métodos arcanos
para lograr ese objetivo.
No se vio sobrepasado, ni rendido.
Mientras tanto,
mantenía diálogos
con la materia inanimada,
le comentaba de otras artes,
del dinamismo del baile 
y de otros hitos sensacionales.
Fantaseó estar siendo oído.
Su inconformismo y su ánimo
no tardarían en conducirle
hasta hallar la manera
de completarle.

IV
Esperó lo suficiente,
fue paciente.
Llegado el día, accedió.
Ascendió hasta el santuario de pigmaliones
y se inclinó, en señal de reverencia.
Una imagen planetaria se le acercó de entre las muchas,
y escuchó su plegaria.
“Buena Viernes, avala la divinura”.
La conversación se extendió en aquella sala blanca,
pulcra, adornada con lienzos y plantas.
La asamblea deliberó, con energía,
hasta que se ondularon las columnas al son de las campanas.
Después lo apuntó una mirada,
que dio respaldo a su súplica.

V
Al volver al taller,
se sosegó,
y cruzó la puerta.
Despacio,
miró,
se acercó al pedestal.
Contempló,
con un tinte de impaciencia,
y con ternura,
pero no hubo reacción alguna.
Misteriosamente,
lentamente,
finalmente,
se oyó una música, cercana,
y pudo ver cómo la figura 
comenzaba a pintarse de calor,
degradando de gris a piel.
Sus ojos se iban incendiando 
y su pecho se le iba inflando de vida.
Con la elegancia de una garza,
descendió con lucidez y audacia, 
caminó, siempre hacia adelante y saludó.
El espacio presenció
la extinción de una estatua,
o más bien,
la personificación de una estrella.

VI
“¡En el desván de la existencia
aguardan las piezas más almadas de la casa,
esperando a ser llamadas,
induciendo con juegos de centellas,
a quienes se muevan con impertinencia,
en los oficios de lo aún oculto,
siguiendo el llamado de las danzas!”.


A Pigmalión y Galatea.
Y a Miral.
Este poema fue escrito el 1MAY, el 8MAY y 15MAY, como ofrenda al cielo.

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