Tengo el poder de aparecer
fantásticamente así,
en un acto despiadado de vandalismo solapado.
A vos que estás acá, te voy a demostrar
que me puedo introducir
bien adentro de tu mente, de manera subconsciente.
A partir de este momento, todo esto que te cuento,
se va a cumplir.
La próxima vez que estés
en un banco blanco en una plaza,
o ante la puerta abierta de tu casa…
te vas a acordar de esta poesía.
Cuando escuchés tintinar una campana,
cuando despertés por casualidad de madrugada,
cuando estés a punto de dormirte,
por ese segundo voy a volverme yo visible.
Cuando te mirés de frente en el espejo,
cuando divisés un puente a lo lejos.
Cuando sostengas el vacío con tu mano,
cuando se vuelva lo sombrío, iluminado,
voy a estar ahí.
Y puedo ser más invasivo, si sigo.
Cuando estés llegando tarde, muy tarde a algún lugar,
cuando te estés quedando a mitad del día sin batería en el celular,
cuando te encuentres plata tirada (si es que a alguien todavía le pasa),
cuando te quedés sin fósforos o encendedor para prender la hornalla,
cuando raspés el plato con el tenedor,
cuando alguien te recomiende ver Game of Thrones,
cuando veas a otra persona desvestida,
cuando veas a otra persona haciendo poesía,
cuando quieras acordarte de eso que siempre te olvidás,
cuando te llamen para venderte algo que no necesitás,
voy a aparecer ahí también.
Si me lo preguntás, puedo seguir más.
Podría. Quizás otro día.
Este no es un juego ni es una cuestión de ego.
No es el poeta el que te pone a prueba, ni el poema:
es “el alcance”, en sí.
Está hecho.
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