Crucé
la frontera y no hubo forma de volver.
Los viajantes me llamaron a mí “El hombre de Taured”,
como si se tratara de algo extraño. No lo pude entender.
Tampoco nadie pudo explicarme lo que vendría después...
Fue un vuelo como cualquiera.
Como de costumbre, dormí una larga siesta:
había puesto un abrigo debajo de mi cabeza,
y tuve un sueño vivo que rozaba la demencia.
Al llegar, recuerdo que palmeé mi cara para despabilarme.
Caminé despacio fuera del avión, busqué mi equipaje,
mientras pensaba en las tareas que ocuparían la tarde,
sin sospechar que nada sería otra vez como fue antes.
Me acerqué a la recepción y mostré mis documentos:
El personal los revisó... y comenzó a verse algo inquieto.
Llamó a las autoridades. Lo re-chequearon y me dijeron
no había registros de mi país... que no existía para ellos.
–Debe haber algún modo de esclarecer esta situación–,
les dije. Presenté mi pasaporte y la identificación,
puse mi dedo en el mapa, les mostré la ubicación
de Taured, pero ninguno en esa oficina, me creyó.
Y comenzaron a cuestionar cada una de mis palabras,
creían que era parte de una gran farsa elaborada.
Yo también tuve esa idea... Nadie entendía nada.
Pensé también que no desperté bien a la mañana...
Después de darle vueltas y más vueltas a este caso,
me llevaron hasta un hotel y me mantuvieron encerrado
hasta que alguien pudiese esclarecer qué estaba pasando.
Supe que nada pasaría, así que desaparecí sin dejar rastro.
Ahora, lo que nunca nadie supo es lo difícil que fue continuar:
tuve que aceptar la idea de que ya no había manera de regresar,
que nadie entendería en absoluto esas cosas que tuve que pasar
y que no hay lugar en el mundo al que llamaré otra vez “mi hogar”.
Inspirado en la leyenda urbana de “el hombre de Taured”.
Los viajantes me llamaron a mí “El hombre de Taured”,
como si se tratara de algo extraño. No lo pude entender.
Tampoco nadie pudo explicarme lo que vendría después...
Fue un vuelo como cualquiera.
Como de costumbre, dormí una larga siesta:
había puesto un abrigo debajo de mi cabeza,
y tuve un sueño vivo que rozaba la demencia.
Al llegar, recuerdo que palmeé mi cara para despabilarme.
Caminé despacio fuera del avión, busqué mi equipaje,
mientras pensaba en las tareas que ocuparían la tarde,
sin sospechar que nada sería otra vez como fue antes.
Me acerqué a la recepción y mostré mis documentos:
El personal los revisó... y comenzó a verse algo inquieto.
Llamó a las autoridades. Lo re-chequearon y me dijeron
no había registros de mi país... que no existía para ellos.
–Debe haber algún modo de esclarecer esta situación–,
les dije. Presenté mi pasaporte y la identificación,
puse mi dedo en el mapa, les mostré la ubicación
de Taured, pero ninguno en esa oficina, me creyó.
Y comenzaron a cuestionar cada una de mis palabras,
creían que era parte de una gran farsa elaborada.
Yo también tuve esa idea... Nadie entendía nada.
Pensé también que no desperté bien a la mañana...
Después de darle vueltas y más vueltas a este caso,
me llevaron hasta un hotel y me mantuvieron encerrado
hasta que alguien pudiese esclarecer qué estaba pasando.
Supe que nada pasaría, así que desaparecí sin dejar rastro.
Ahora, lo que nunca nadie supo es lo difícil que fue continuar:
tuve que aceptar la idea de que ya no había manera de regresar,
que nadie entendería en absoluto esas cosas que tuve que pasar
y que no hay lugar en el mundo al que llamaré otra vez “mi hogar”.
Inspirado en la leyenda urbana de “el hombre de Taured”.
2 comentarios:
No conocía esta leyenda urbana ¡y me pareció re-genial!
Ahora me dieron ganas de hacerme una escapadita hasta Taured ;)
¡A vos te queda más cerca, Sara!
Publicar un comentario