Ya no me alcanza, hace rato que no me alcanza la palabra querer.
Todavía no le invento un nuevo término a este cariño, aunque no hace falta, y sé que me estoy haciendo el desentendido, porque tengo en claro cuál es la manera más certera de decirlo. Me contengo de decirlo ahora, justo antes de que se vaya, porque sería una crueldad tremenda decirle más en este momento. Además, no cambiaría los hechos... Pero la verdad es que no quiero que se vaya. Puede que sea mi egoísmo el que escribe estas palabras. O seré más bien yo mismo.
Me cuesta admitir que me cuesta todo esto, pero lo estoy haciendo.
Le doy vueltas y vueltas a todo este asunto, hasta que al final lo acepto, porque desde hace tiempo me dijo que por estas fechas se iría de nuevo a Pergamino. Quisiera haber tenido la respuesta a este problema, para que se quedara cerca mío, para que se quede conmigo. Pero eso no estaría sucediendo. Quisiera... quisiera ser una trampa en la que ella quisiera caer, cuantas veces quiera. Y cuando quiera soltarse, yo soltarla, y esperarla de vuelta. Quisiera que no quiera soltarse. Quisiera tenerla a la par de mis ideas. Quisiera que en la impaciencia haya un lugar donde esperar por ella, hasta que aparezca.
Le doy vueltas y vueltas a todo este asunto, hasta que al final lo acepto, porque desde hace tiempo me dijo que por estas fechas se iría de nuevo a Pergamino. Quisiera haber tenido la respuesta a este problema, para que se quedara cerca mío, para que se quede conmigo. Pero eso no estaría sucediendo. Quisiera... quisiera ser una trampa en la que ella quisiera caer, cuantas veces quiera. Y cuando quiera soltarse, yo soltarla, y esperarla de vuelta. Quisiera que no quiera soltarse. Quisiera tenerla a la par de mis ideas. Quisiera que en la impaciencia haya un lugar donde esperar por ella, hasta que aparezca.
A María Micaela Pérez (Miral).